Ejercicios con el Padre Ignacio Larrañaga

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La ciudad de Dios

 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

clic

 

LA CIUDAD DE DIOS

 

Dos amores alzaron dos ciudadelas:

El amor de lo bajo, la ciudad baja,

con murallas y fosos y centinelas…

Allí llaman los hombres

“Amo” al dinero,

“Paz” a la muerte,

“Porvenir” al desastre y a la avaricia,

“Subversión” a los gritos de los obreros…

Y pregonan la cínica ley del más fuerte como “Justicia”…

 

Dicen vivir tranquilos…

pero de noche, a solas…

todos lamentan haber nacido…

 

Arriba en la montaña, cerca del sol…

El amor de lo alto levantó la brillante ciudad de Dios.

La habitan los pacíficos, los inocentes,

los que, por ser humildes, tienen la cumbre,

los del corazón lleno de mansedumbre,

la buena gente que lleva el Evangelio escrito en la frente…

Ellos son la semilla de la belleza…

Ellos son la promesa de un mundo limpio…

Y la certeza de que dará su fruto tanta tristeza…

 

Amigo:

Delante de ti tienes las dos ciudades…

Nadie vendrá a quitarte tu libertad,

pero  tampoco a nadie podrás culparle del camino que sigas,

del señor al que digas:

“Quiero ser ciudadano de tu ciudad”.

 

Sé que, a veces, es duro subir al monte…

que es más fácil quedarse por las bajuras…

Pero la ciudad baja siempre es oscura,

Y arriba tienes el horizonte.

¡Únete a los amigos de la paloma!

¡Deja que cuiden otros de la serpiente!

Júntate a los pequeños, a los sencillos,

a los que dicen siempre lo verdadero

a los puros de espíritu que no vendieron

por un poco de astucia sus ojos limpios…

Coge lo más hermoso que haya en tu casa…

mételo en tu mochila de vagabundo

y vete por la senda de la alegría para que un día

-como la levadura sobre la masa-

la hermosura de todos fermente al mundo…

 

Hallarás otros locos en la tarea…

de todos los países y los colores:

esos son tu familia… esa es la Iglesia

que fundó un hombre joven de Galilea con pescadores,

para hacer de los tiempos, tiempos mejores…


 

San Agustín

 

 

                                                                                                                                      

 

 

 

 

 

 

 

 

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La ciudad de Dios

 

 

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LA CIUDAD DE DIOS

 

Dos amores alzaron dos ciudadelas:

El amor de lo bajo, la ciudad baja,

con murallas y fosos y centinelas…

Allí llaman los hombres

"Amo" al dinero,

"Paz" a la muerte,

"Porvenir" al desastre y a la avaricia,

"Subversión" a los gritos de los obreros…

Y pregonan la cínica ley del más fuerte como "Justicia"…

 

Dicen vivir tranquilos…

pero de noche, a solas…

todos lamentan haber nacido…

 

Arriba en la montaña, cerca del sol…

El amor de lo alto levantó la brillante ciudad de Dios.

La habitan los pacíficos, los inocentes,

los que, por ser humildes, tienen la cumbre,

los del corazón lleno de mansedumbre,

la buena gente que lleva el Evangelio escrito en la frente…

Ellos son la semilla de la belleza…

Ellos son la promesa de un mundo limpio…

Y la certeza de que dará su fruto tanta tristeza…

 

Amigo:

Delante de ti tienes las dos ciudades…

Nadie vendrá a quitarte tu libertad,

pero  tampoco a nadie podrás culparle del camino que sigas,

del señor al que digas:

"Quiero ser ciudadano de tu ciudad".

 

Sé que, a veces, es duro subir al monte…

que es más fácil quedarse por las bajuras…

Pero la ciudad baja siempre es oscura,

Y arriba tienes el horizonte.

¡Únete a los amigos de la paloma!

¡Deja que cuiden otros de la serpiente!

Júntate a los pequeños, a los sencillos,

a los que dicen siempre lo verdadero

a los puros de espíritu que no vendieron

por un poco de astucia sus ojos limpios…

Coge lo más hermoso que haya en tu casa…

mételo en tu mochila de vagabundo

y vete por la senda de la alegría para que un día

-como la levadura sobre la masa-

la hermosura de todos fermente al mundo…

 

Hallarás otros locos en la tarea…

de todos los países y los colores:

esos son tu familia… esa es la Iglesia

que fundó un hombre joven de Galilea con pescadores,

para hacer de los tiempos, tiempos mejores…


 

San Agustín

 

 

                                                                                                                                      

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LA CRUZ

 

 

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LA CRUZ

 

Hazme una cruz sencilla carpintero.

Sencilla,
sin añadidos ni ornamentos,
que se vean desnudos los maderos,
desnudos, y decididamente rectos.

Los brazos en abrazo hacia la tierra,
el ástil disparándose a los cielos,
que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto,
este equilibrio humano
de los dos mandamientos.

Sencilla,
hazme una cruz sencilla, carpintero.

El ástil disparándose a los cielos:
Amar a Dios sobre todas las cosas.

Los brazos en abrazo hacia la tierra:
Amar al prójimo como a ti mismo.

La cruz está contenida ya en el Decálogo
y con los dos mandamientos,
(no son más que dos)
con los dos mandamientos, cruzados,
se hace la cruz.


 


                                                      

                                                                                                                                                         

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PERO TE AMÉ

 

 

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Tarde te amé, Hermosura,
Tarde te amé.

Tarde llegué a las puertas de tu belleza,
cuando ya se marchaban las alegrías,
cuando el sol se ponía
y pasaba la roca de la tristeza.

Tarde te amé, Hermosura,
tarde te amé.

Tú estabas esperándome sin un reproche,
Dios de la vida,
con la misma esperanza de cada noche,
mi plato preparado junto a tu plato
y un ramito de olivo de bienvenida.

Igual que al hijo pródigo me recibiste
y me pusiste el manto de la ternura,
secaste de mis ojos todas las lágrimas
y serviste el banquete de tu hermosura.

Hermosura colmada,
casa buscada por tanto tiempo
que al fin hallé.
Tarde te amé, Dios mío.

Pobre y vacío,
pero te amé.

 

San Agustín

 

                                                                                                                                     

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